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Al fondo ¿hay sitio?

14/01/2013

España es un país energéticamente dependiente. Cubre sus necesidades con importaciones (80%) y se deja en el empeño más de 60.000 millones de euros al año. Son cinco de cada 100 euros de la riqueza que produce. Un dinero. En lo que atañe a energía, el país tiene poca cultura del ahorro, nula cultura de la eficiencia y pocos recursos naturales. Tiene, también, una estructura empresarial pobre y poco amante de la competencia. Cuenta, además,con una Administración capaz de cartografiar los problemas pero incapaz de resolverlos. En este paisaje, cabría suponer que toda aportación viable para asegurar el suministro energético, de los molinos de viento a los paneles solares, pasando por los residuos forestales, el gas de esquisto, o la fuerza las olas, sería bienvenida. Pues no es así. Pocas batallas empresariales han alcanzado la intensidad de la que libran las empresas energéticas tradicionales con las empresas productoras de energías renovables.

No es sólo asunto de dinero. Es una cuestión de supervivencia. Pero entendámonos.No se trata tanto de la supervivencia de determinadas grandes empresas como del mantenimiento en la forma de hacer de sus gestores. Por decirlo rápido: el negocio energético en España, en estos momentos, con una demanda a la baja (nueva caída del 2% en la demanda eléctrica en 2012, según REE), exceso de capacidad instalada (105.000 Mw) y centrales de gas medio paradas, no da para mantener los usos del pasado. No da, tampoco, para mantener los privilegios y remuneraciones de los administradores de las grandes compañías que se escudan en su deber hacia al accionista para justificar ingresos multimillonarios.

La pugna está servida. No hay espacio para todos. Las eléctricas acusan a las empresas de renovables (a las fotovoltaicas y termosolares, por precisar) de crecer artificialmente a costa de los usuarios, engrosando el déficit del sector por las subvenciones que cobran. A su vez, las renovables (30% de la demanda) acusan a las grandes compañías de diseñar, mantener y utilizar un sistema injusto para el consumidor, opaco y construido para acumular beneficios en un contexto de demanda creciente que ya no existe.

A nadie, por poco avisado que esté, se le escapa quién maneja las mejores cartas de la partida. Los nuevos actores en el sector energético se cuentan por miles (más de 50.000 sólo en instalaciones fotovoltaicas. Se han jugado su dinero (en muchos casos animados por los bancos) y demandan un trato justo, acorde con lo que se imprimió en el BOE en su momento. Pero aunque remen a favor de la corriente, lo tienen difícil. Enfrente tienen a un puñado de empresas capaz de cerrar una central nuclear (Garoña) en contra de la voluntad de un Gobierno y que ha trabajado, como pocos,los canales por los que discurre el poder. ¿Que no lo creen? Les contaré algo al estilo Roy Batti (Blade Runner), ya saben “he visto cosas que nunca creeríais”: un ejecutivo de éxito intentando embarcar al Estado, con mayúsculas, en su plan de promoción de empresa…Al fondo ¿hay sitio?

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