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Bárcenas, la novela

18/01/2013

El caso que protagoniza el extesorero del PP, Luis Bárcenas, podría ser el arranque de una novela. Todo alrededor del asunto es novelesco.Desde los apodos por los que supuestamente se le conoce, Luis el Cabrón, hasta su elegante estilo de lord inglés vestido de sospecha. Es difícil no caer en la tentación de novelar. Caigamos pues. Novelo. Imagino a un funcionario-tesorero de partido. Elegante, preparado, bien conectado, útil, fiel. Un dandy que usa y viste guantes de cabritilla en invierno. Un servidor del aparato que se gana un apodo que llega a compartir con su ayudante Paco: Los Cabra. Imagino al esforzado funcionario del partido aplicado en la búsqueda de recursos, e imagino que empieza a facturar, en B, por los eventos de la organización a la que sirve. La actividad aumenta y el tesorero busca un “facturero” (que al final acaba en la cárcel, acorralado por un escándalo de favores y papeles falsos) para que de cobertura al desvío de recursos. Y puesto a imaginar, me lanzo. Imagino que el tesorero de un partido tan importante no puede pasar desapercibido ante los aparatos de seguridad. Despierta el interés de los servicios de inteligencia. Éstos elaboran un informe que, de forma discreta, hacen llegar al máximo responsable del partido con ocasión de una convocatoria electoral municipal. Respuesta al informe del informado: silencio.

En ese relato novelesco, los maletines de Los Cabra han llegado y han beneficiado ya a gente clave en el Gobierno y en el partido. No hay lugar para nada que no sea el silencio. En la novela, el autor del informe de los servicios de inteligencia acaba de agregado de embajada en un país próximo y los nuevos responsables del partido para el que trabajaron Los Cabra callan para evitar un escándalo que puede acabar con muchas carreras. ¿Novela?. Novela.

Ahora, a lo real. A lo probado, a lo cierto.Los cuerpos muertos se hinchan, exhalan gases, hieden y se mueven. Si se pisan, explotan y salpican humores purulentos. No es agradable. Como sucedió con la burbuja inmobiliaria y la burbuja financiera, la burbuja de la corrupción, la política y la económica, está a punto estallar. En esta ocasión, va a ser más difícil tapar el hedor. Hay demasiados ojos mirando y se puede ver el truco. No es posible pedir apoyo exterior mientras quienes aspiran a administrar ese apoyo huelen a podrido. Hay que sanear. No basta con encarcelar al presidente de la patronal que delinquió mientras insultaba al populacho; ni basta con señalar al político que intenta justificar su fortuna injustificable. Probablemente hay que ir más allá. Porque con la corrupción sucede lo mismo que con la lucha contra el tráfico de drogas:se descubren muchos alijos allí donde pasan muchos alijos. Un mal síntoma por mucho que luzca en la propaganda. Malo.

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