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La sinceridad

27/02/2013

Se impone la vuelta a los principios. La publicidad de una entidad financiera promete que, ahora sí, va a trabajar con principios. No los detalla porque supone que al hablar de principios, todo el mundo piensa en los mismos: la honradez, la sinceridad, el trabajo, el esfuerzo y la solidaridad, entre ellos. La entidad que paga el anuncio va a tener que trabajar mucho para que su mensaje sea creíble.images

Como reconoce implícitamente el espacio publicitario, las entidades financieras, esas que triplicaron sus activos entre 2001 y 20011; las mismas que en cuatro años (2007-2011) sumaron unos beneficios de 100.000 millones de euros y las mismas que necesitarán 150.000 millones de euros (15% del PIB) de recursos públicos y privados para no hundirse (datos del Fondo de Restructuración Ordenada Bancaria, FROB), han operado sin principios hasta chapotear en un lodazal especulativo insoportable.

Así que ahora se impone la vuelta a las esencias. Detengámonos en uno de los principios que han brillado por su ausencia. Por ejemplo, en la sinceridad. Es importante aunque tiene muchos riesgos. Veamos. Sincera ha sido la ministra alemana de Trabajo, Ursula von der Leyen, al calificar de “golpe de suerte” para su país que miles de jóvenes españoles, bien formados y muy cualificados se vean obligados a emigrar para poder comer. La sinceridad alemana escuece al poner de relieve todo lo que pierde un país como España, con un 55% de sus jóvenes en paro, porcentaje que se eleva al 74% entre los menores de 20 años.

images (1)Lo de la ministra alemana, desde el punto de vista de un país del Sur, puede parecer un desliz o sinceridad teñida de prepotencia. Porque en cuestión de principios hay mucho de que hablar. A veces salen solos. Fijémonos si no en la sincera declaración realizada por la secretaria general del PP, Maria Dolores de Cospedal,  al referirse a la extinción de contrato del que fue Tesorero de su partido, Luis Bárcenas. De Cospedal se refirió al proceso de cese-indemnización de Bárcenas como una “simulación”. Eso se llama ser sincera. Aunque sea debido a los nervios y, probablemente, muy a  su pesar.

Sincera fue también la canciller Merkel cuando defendió la conveniencia de mantener un euro fuerte aun cuando esa política monetaria pudiera derretir, “como la nieve” los  logros de las políticas de ajuste en países como España. Sucede que la sinceridad, en estos tiempos, es un lujo al alcance de unos pocos. Algo, en suma, propio de alemanes o de políticos convencidos de que una mayoría absoluta sirve para cubrir todas las carencias. Incluso las de principios.

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